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El DDT y su prohibición. ¿Teoría de la conspiración?

El DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano) es un principio químico del grupo de los organoclorados con actividad insecticida descubierto por el Dr. Paul Muller a finales de los años 30 y que supuso en aquellos años una auténtica revolución en la materia. El autor del descubrimiento recibió el Premio Nobel en 1948, lo cual da fe de la importancia que tuvo este hecho en la época.

Por poner en contexto, en la decada de 1950 todavía había zonas en Europa en las que la malaria era endémica (Grecia o Italia) y que con la aparición de este insecticida se consiguió que esta enfermedad (transmitida por mosquitos) desapareciera por completo. Algunas fuentes estiman que con el uso del DDT se evitó la muerte de 500 millones de personas en todo el mundo a causa de enfermedades transmitidas por insectos.

Durante la Segunda Guerra Mundial su utilización se extendió para tratar las instalaciones de los campos de detención y también a los propios prisioneros (de ambos bandos) como garantía de eliminación de diferentes plagas. De hecho, incluso los uniformes de los soldados del bando aliado se impregnaban previamente con DDT para eliminar pulgas y piojos.

Pero llegados a este punto, en el que todo era ideal, una serie de circunstancias hicieron que todo lo que parecía beneficioso a corto plazo se convirtiera en un potencial peligro para la Humanidad. Rápidamente el DDT se convirtió, prácticamente de la noche a la mañana, en un elemento de la lista negra.

Según el Dr. Pierre Lutgen, científico luxemburgues y con reputación internacional, diversas publicaciones de la época, sin demasiada base científica pero con gran proyección en los medios, lograron crear un estado de pánico general en instituciones y ciudadanos achacando al DDT una serie de males y enfermedades que luego se demostrarían falsos (al menos en parte). Según el propio Lutgen, una conspiración en toda regla urdida con fines oscuros como apuntaremos más tarde.

Así, el libro de Rachel Carson titulado “Primavera Silenciosa” publicado a primeros de los 70 pronosticaba la desaparición de todas las aves del planeta y el incremento del cáncer en las personas hasta llegar al 100% de la población debido a la bio-acumulación del DDT en cultivos y en animales de abasto. La cosa no se quedaba ahí y se añadían otros males como alteraciones graves en el crecimiento de los jóvenes y disminución de la espermiogénesis en la población masculina entre otros.

Todo ello llevó a autoridades y organizaciones diversas a prohibir su uso mayoritario. Y según el Dr. Lutgen sin demasiados argumentos científicos a los que agarrarse. Incluso la EPA (Agencia de Protección Medioambiental de los Estados Unidos) se adhirió rápidamente a estas teorías y prohibió su uso de manera expeditiva en 1972. Le siguieron inmediatamente organizaciones e instituciones de todo tipo.

No obstante, algunos países de los denominados pobres se resistieron y se rebelaron contra la prohibición debido a los buenos resultados obtenidos en sus territorios y a la gran cantidad de estudios de la época que resultaban contradictorios en cuanto a los beneficios/ perjuicios del insecticida.

Entre los estudios realizados que demostrarían la falsedad del perjuicio causado por el DDT se incluyeron pruebas realizadas a voluntarios y también a miembros del ejército (sometidos a dosis mayores de las que la población en general se vería expuesta nunca de forma natural). Dichas pruebas concluyeron en que no había ni incremento de cáncer, ni daños a órganos vitales, ni otras alteraciones graves. Incluso se apuntó como argumento a favor el que personas que trataron de suicidarse ingiriendo DDT fallaron en sus intenciones…

Finalmente, esta “teoría” apunta a que en la prohibición pesaron mucho más los argumentos políticos de algunas potencias mundiales (una forma de “eco-colonialismo” basado en que la población de países pobres no se dispararía debido a que moriría mucha más gente sin el uso autorizado del DDT) y también los argumentos económicos (las industrias químicas preferirían comercializar otros productos más caros, menos duraderos y también menos eficaces – léase piretroides – pero que dejarían beneficios mucho mayores en sus cuentas de resultados).

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